jueves, 9 de julio de 2015

LA CHICA QUE ESNIFABA NAFTALINA






LA CHICA QUE ESNIFABA NAFTALINA






Cuando yo quiero a alguien, ¡vaya que si se nota! Me lo como a besos, le gasto el nombre a piropos; le hago dibujos y poemas, y cartelitos de “guapo” y “te quiero”; le pongo el sol de lámpara si se queda sin luz. En cada una de sus metas y sueños, yo me dejo todas mis fuerzas, por pocas que sean; incluso los días que no me alcanzan ni para mí. Todas mis conversaciones terminan hablando de lo extraordinario que es. Mis mañanas las estreno con una sonrisa, porque se me concede el tiempo de vivir sabiendo que él existe, y compartiendo el prodigio que es conocerlo. En cada minuto guardo un porcentaje infinito de segundos dedicado a pensar su alma; y su cuerpo. El paso de los días tiene un motor invencible que es amarlo.

Pero a veces, esa persona me quiere mucho, pero resulta “que ya me lo ha dicho” y parece ser que no gusta de repetirse, y me toca guardarme los “te quiero” con naftalina para que me duren mucho. Y a veces no tiene tiempo para mí, porque debe ocuparse de miles de asuntos importantes para la humanidad, pero me quiere, me quiere; por eso yo me aguanto esnifando las bolas de naftalina de sus “te quiero”.

Pero un día me voy a hartar de tanto mendigar palabras y detalles de amor. Voy a tirar la naftalina por la ventana y voy a echarme a la calle a oler las flores, como aconsejan los poetas viejos. Y cuando uno busca las flores, la primavera renace bajo sus pasos. Y si me pierdo en la primavera, que ya nadie me busque, porque estaré renaciendo. Para ser otra. Sin él. Que en realidad, hace tiempo que ya no está.







Irela Perea

Ilustración de Charmaine Olivia.